San Fernando regresa a su lugar de origen

El retablo cerámico del Santo Rey vuelve a su ubicación original en la fachada del edificio del número 7 de la calle Cano y Cueto de Sevilla

Fragmento del retablo cerámico de San Fernando

Antes de que finalicen las obras de rehabilitación del edificio sobre el que se sitúa, ya ha sido colocado tras su restauración en la ubicación original el retablo barroco dedicado a San Fernando de la fachada del número 7 de la calle Cano y Cueto de Sevilla, lugar en el que cuenta la leyenda pernoctó el rey santo la víspera de la entrada a Sevilla en 1248.

Un informe elaborado por el arquitecto Francisco Granero y el restaurador Carlos Núñez como parte de la memoria del proyecto de restauración del edificio, subraya que se trata de una pieza «de gran valor» en el que han puesto gran interés y esfuerzo en su restauración junto con el edificio que va a recuperar las trazas y elementos de su origen», indica Francisco Granero.

En el informe se describe cómo las virtudes heroicas y los innumerables milagros que rodearon la conquista de Sevilla motivaron que después de la muerte de Fernando III los sevillanos sintiesen un fervor especial por su figura. Al mismo tiempo, la autoridad eclesiástica sevillana promovía su canonización en un proceso que se dilató hasta 1671, cuando la Santa Sede reconoció la beatitud del monarca.

Influencia de Audrán el Viejo en Roldán (XVII) y en el retablo de San Fernando (XVIII)

Prototipo iconográfico

Cuando el proceso de canonización de Fernando III entró en su fase final se hizo necesario un prototipo iconográfico que estableciera la imagen reconocible del nuevo santo acompañado de sus atributos. Fue en 1630 cuando Claude Audran el Viejo plasmó en un grabado la primera visión oficial del santo rey, cuya composición perduraría siglos después basada en la serie Los santos nobles de Fray Francisco Gonzaga.

En previsión de la inminente canonización, el Cabildo catedralicio reclamó en 1649 los servicios de Francisco López Caro y de Bartolomé Esteban Murillo con el fin de crear la vera efigie del santo, es decir, una representación física real trazada a partir de la observación de los restos del rey.

Murillo y Arteaga (1672)

A principios de 1671 el Cabildo de la Catedral se reunió para la lectura del pliego cerrado y sellado que desde Roma parecía
anunciar la canonización de Fernando III. Sin embargo, la expectación se tornó en desánimo cuando se advirtió que el documento tan sólo reconocía su beatificación. Aunque el cuerpo incorrupto del monarca centró todo el aparato litúrgico, se hizo necesaria la realización de una escultura, que representase al beato aunando la condición regia expresada en el grabado de Audran y la fisonomía real plasmada por Murillo. La obra de Pedro Roldán se constituyó como la imagen oficial del beato Fernando III. La imagen representada en el retablo cerámico sigue los postulados marcados por Roldán, retomando a su vez el prototipo de Audran el Viejo. Aparece según el modo del Santo Rey ataviado como caballero cristiano del siglo XVII, es decir, vestido con gola, capa de armiño, media armadura compuesta por brazaletes y peto y calzas enterizas.

 

Un ejemplar único

Los desmantelamientos de los altares públicos impuestos por la autoridad civil en Sevilla durante el siglo XIX han motivado que los retablos cerámicos barrocos se hayan conservado como piezas excepcionales. La historiografía especializada no se ha mostrado muy interesada por la cerámica de esta época, siendo muy pocos los estudios que existen sobre la producción fechada entre los siglos XVII y XVIII.

El retablo cerámico de San Fernando puede ser datado a mediados del siglo XVIII. Se trata de una pieza realizada con la técnica del azulejo pisano o pintado, compuesto por baldosas cuadrangulares, cuyas medidas rondan indistintamente entre los 13 y 14 cm., común en la época. La composición de la obra resulta claramente deudora del ámbito de la estampación y del grabado: aparece presidido por la figura hierática y frontal del rey santo con un esbozo de paisaje en el primer término y levemente al fondo. Estos planos se resuelven con los ocres y azules sobre blanco de influencia talaverana que se mantuvo en la cerámica dieciochesca sevillana, hasta el punto de que los ceramistas que trabajaban entonces en la ciudad eran conocidos como los talaveranos. Finalmente, está enmarcado por una moldura azul con rocallas y roleos ornamentales.

Retablo en San Clemente

La consideración gremial que entonces tenía el oficio hace que desconozcamos su autoría, de forma que sólo sus características nos pueden revelar su posible vinculación a un momento concreto.

Existen en Sevilla dos paneles cerámicos que guardan notables analogías el de la calle Cano y Cueto. En primer lugar, destaca el retablo cerámico también dedicado a San Fernando que se encuentra en la portada lateral del Real Monasterio de San Clemente. En este caso, los paralelismos son evidentes en la postura de la figura y en detalles como el armiño, la armadura, la esfera, los dedos, la corona y el estilo simple y plano con el que se resuelven las formas. En el vestíbulo del Museo de Bellas Artes, un panel procedente de San Felipe Neri nos muestra la escena de Jesús caído con la Cruz a cuestas ayudado por Simón de Cirene. Detalles técnicos y compositivos de esta obra, fechada en 1764, llevan a sospechar una posible vinculación con su autor, ya que sorprenden los parecidos que ambos guardan en el marco perimetral, en las colores planos, la sencillez de líneas o en los rasgos paisajísticos, siendo ocres en primer término y azul y blanco en segundo.

Tampoco se conoce la procedencia del retablo, pues diferentes señales indican que sufrió con anterioridad un arranque para ser colocado en el lugar donde lo vemos hoy. Una tradición popular que se pierde en el tiempo ha explicado su origen en la hipotética pernoctación que Fernando III hizo en esta casa durante la víspera de su entrada en Sevilla el 22 de diciembre de 1248. Lógicamente, la realidad histórica revela que no fue el azulejo fruto de aquella creencia, sino que fue la leyenda resultado de la presencia del retablo.

Por su envergadura, es extraño que una pieza así fuese encargada para la arquitectura doméstica, por lo que sabiendo que no fue éste su lugar original, podemos pensar que estuviese incorporado a algún convento sevillano desamortizado en el siglo XIX. Otra hipótesis apunta a la posibilidad de que el retablo perteneciese a la casa desde su origen, ya que hasta la desamortización este inmueble fue propiedad del Hospital de los Venerables, cuya iglesia fue dedicada al culto de San Fernando.

Fases del proceso de restauración realizado

La restauración

La rehabilitación del inmueble requería la extracción del panel cerámico para su posterior restitución. El valor patrimonial que posee y su carácter excepcional obligaban a una estrategia que acometiese su recuperación mediante unas labores y procedimientos que garantizasen en todo momento su integridad física y la salvaguarda de sus valores culturales.

La extracción se acometió con todas las cautelas, pues se trataba de una operación compleja, que se complicaba más al encontrarse deteriorado por el arranque anterior y por las grietas y oquedades ocasionadas por impactos de proyectiles durante el primer tercio del siglo XX.

Una vez en el taller y levantada la cartografía de lesiones, se determinó su diagnóstico exhaustivo, obteniendo un detallado informe de la situación patológica en el que se encontraba.

El retablo de la calle Cano y cueto tras su restauración – Juan Flores

Las baldosas fueron limpiadas pormenorizadamente con varios métodos mecánicos y químicos. Fragmentadas, fueron unidas en posición vertical dentro de cajas de arena y las lascas saltantes restituidas en su situación original. Especial atención requirió la zona central dado que estaba conformada por fragmentos originales colocados de forma incorrecta. Tras ensayos y comprobaciones efectuadas mediante transparencias fueron recolocados en su lugar correspondiente, recuperando así la composición primitiva que se encontraba alterada.

Las lagunas fueron solucionadas con criterio mimético. En primer lugar se recuperó la volumetría con yeso dental, cubriéndose las superficies con colores afines a los originales. Dentro de esta fase se incluye también la reproducción de la zona superior del marco ornamental que no se conservaba. La restauración culminó con su reposición en la fachada, una labor muy difícil ya que las baldosas no son iguales debido a su proceso artesanal de ejecución, por lo que el encaje ha sido lento y cuidadoso, primando siempre la continuidad del dibujo.

Pintura del Hospital de los Venerables y retablo de Cano y Cueto

Teoría de la intervención

Con la restauración se ha pretendido la recuperación arquitectónica y significación de los elementos del edificio en su estado original, la puesta en valor del edificio histórico que ha sido transformado y que actualmente sufre afecciones estructurales, sobre todo de su viguería de madera y forjados.

La eliminación de los elementos desvirtuadores del patio y apertura de las galerías tabicadas, así como la recuperación del sistema de cubiertas de teja en galerías con supresión de las placas de fibrocemento actuales, con mantenimiento del sistema de cubierta de tejado a un agua y tejas curvas de cerámica en la primera crujía y otros elementos hacia el patio central.

También se ha tenido en cuenta la cubierta de azotea plana transitable en áreas interiores, recuperando aspectos formales de la fachada original, centrado en la supresión de elementos distorsionadores en huecos de locales comerciales de planta baja: falsas molduras de recercados de huecos, retejados en vuelos de sus puertas, carpinterías, etc. Por tanto, el proyecto tiene el objetivo de poner en valor la restauración integral del edificio que posee grado de protección global B, manteniendo todos su valores históricos arquitectónicos y tipológicos.

Fachada del edificio de Cano y Cueto (1948)

Para Francisco Granero, señala que cuando se redactó el documento «aún no sabíamos el color original de la fachada del edificio, solo que era oscura con molduras blancas tal como figura en la fotografía antigua. Cuando recibí el edificio, su fachada era blanca con molduras ocre tan popuplarizada, privándole de la singularidad que este edificio siempre ha gozado», añade.

«Se ha recuperado también en la fachada del edificio el color azul antiguo (anterior al blanco) extendido en época de Carlos III. Un color antiguo que Sevilla tuvo en el XVII y perdió tras los blanqueos higiénicos posepidemicos», señala.

«Tras los estudios realizados por el arqueólogo Fernando Amores, hemos conocido los colores antiguos de berengena y anteriormente azul agrisado que es el que he elegido, con las molduras blancas y la recuperación de la ornamentación geométrica esgrafiada en rojo sobre los capiteles de las pilastras del cuerpo superior», concluye.

Pedro Ybarra Bores

https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-san-fernando-regresa-lugar-origen-201810152257_noticia.html

 

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